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viernes, 21 de mayo de 2010

La rosa

Aquella joven entró con pasos tímidos a la tienda de flores. Comenzó a rodearlas con su mirada. Ninguna le convencía. De color rosa, amarillas, margaritas y especies exóticas no la cautivaban. Llegó hasta las rosas. “Son tan ordinarias”, pensó, pero al estar frente a ellas, se quedó mirándolas un buen rato. Inició su selección.
No quiso una rosa roja. Demasiado romanticismo. ¿Una rosa rosa? No, muy simple. ¿Una amarilla? No, no le gusta el amarillo.

A punto de marcharse, volvió la mirada. Ahí estaba. Sus pétalos blancos se extendían frente a ella. Ésa era la rosa. Y era perfecta. Una sonrisa tenue se dibujó en sus labios. Era una sonrisa alegre. La había encontrado después de tanto pensarla… pero sus ojos no decían lo mismo.
Cuando le preguntaron hasta dónde quería que cortaran el tallo, simplemente dijo: -Donde sea.
Cuando le preguntaron si quería que a la rosa le colocaran un listón, la joven respondió: -No.
Preguntó su precio. Sin dudar, dijo: -me la llevo. Al pagar, ni siquiera regresó la mirada a las demás flores. Tenía ahora una rosa en sus manos. Era todo lo que quería…

Camino a su casa, la gente al verla, le sonreiría por llevar un “regalo de amor”. Ella respondería de la misma manera, sin verla a los ojos. No… no era posible, se daría cuenta.
Una rosa. Todo lo que necesitaba para ocultar esa espina encajada en lo más hondo de su corazón.

Cuando llegó, puso cuidadosamente la flor en un hermoso jarrón con agua. La contempló unos instantes. Era bellísima.
Se recostó en su cama y, sin dejar de admirarla, empezó a llorar. Lloraría hasta olvidarse del motivo por el cual compró esa tarde aquella rosa blanca.
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