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jueves, 29 de abril de 2010

Estamos locos

Henos aquí. Estamos locos.
Estamos locos porque escuchamos a los arboles; imaginamos con nuestras amigas las aves.

Abrazamos con la inmensidad del cielo; tocamos con las alas del viento… ¡qué más da! Estamos locos de todas maneras.
Nos llaman locos por desearnos con pasión; por hablarnos con las manos y no con los labios.
Nos dicen locos porque nos sentimos con el alma y no con la piel.
Estamos locos porque nos degustamos con la mirada y no con la lengua.
Más locos por acariciarnos con besos y oír con el corazón.
Nos acusan de locos porque tomamos vino de la misma copa. Nos sentencian así porque nos reímos estruendosamente, de repente.
Nos tachan de locos por cantarle a la ternura en silencio.
Nos critican de locos porque, como diría Pedro Salinas: siendo recuerdo de uno mismo, podemos olvidarnos porque estamos aquí, uno al lado del otro.
Nos marcan de locos como marcan al Diablo, porque podemos vernos con los ojos cerrados.
Locos por extrañarnos día y noche. Demasiado locos por arrojarnos al vacio sin arneses.
Bastante locos por advertir luz en la oscuridad.
Locos por aprisionarnos en los brazos del otro. Tal vez dementes por dejarnos llevar sin razón.
Estamos locos… por inmensamente amarnos.
Henos aquí. Estamos locos.

martes, 27 de abril de 2010

De las noches estrelladas

Recuerdo aquellos días en los cuales no dejaba de mirar las estrellas.

Con el paso del tiempo, la ciudad ha crecido en cuanto a población; por ello, hay más tráfico, más contaminación, y ahora, cada que miro al cielo, pareciera que veo menos estrellas: ¿será acaso que la cortina de suciedad me impide verlas más?


Disfrutaba mirar a la “oscura cúpula celeste” cuando vivía en casa de mis abuelos, junto con mi hermana. Nos acostábamos en el pasto a unir aquellos diminutos diamantes con hilos plateados, para crear seres mitológicos y fantásticos.
Deseábamos un telescopio; rogábamos porque nos regalaran uno, pero eso nunca sucedió. A lo más que llegamos fue a unos binoculares viejos que mi madre utilizaba en su juventud.

Entre la inmensidad de puntitos brillantes de arriba, me daba la curiosidad de saber sobre aquella estrella roja que vislumbraba en la lejanía. “Es Marte”, me decía mi hermana… el planeta rojo: mi favorito.

Después, llegaba el tío Hugo a enseñarnos sobre las constelaciones, y las señalaba con la punta
de su dedo índice. Y en una Navidad, nos regaló un paquete con esas estrellitas de plástico que brillan en la oscuridad. Y en la parte posterior del empaque, venían mal impresas las constelaciones… y digo mal impresas, porque se perdían los nombres de esas constelaciones .
Aùn conservo esas cosas fluorescentes, y están pegadas con plastilina en el techo de mi habitación. Pero ello no puede compararse con salir a la calle y alzar la mirada 90º grados.

En la azotea, desde el atardecer hasta muy entrada la noche, me recostaba sobre alguna cobija vieja, y me sumergia con o sin ayuda de los binoculares, en el infinito mar celestial.

Además de las estrellas, apreciaba mejor las manchas de la luna, y tan lustrosa algunas noches, que hasta ganas me daban de ir alto, tan alto hasta llegar allá, a aquella enorme pelotota que alumbra el callejón del triste gato viudo.

Por desgracia ahora, vivimos deprisa; andamos de un lado a otro con tantas ocupaciones y preocupaciones en la cabeza, que apenas tenemos tiempo de mirar y contemplar lo que hay sobre nosotros.

Hay que tomarnos un respiro de vez en cuando. No olvidar deleitarnos con la creación ajena al humano.
Desde abajo, puedes tocarlas, desaparecerlas al cerrar el puño; dibujarlas a tu antojo…
Ahí están, ante nuestros ojos, para admirarlas… imaginarlas.
Toma un respiro… tranquilízate… y mira hacia arriba.

domingo, 25 de abril de 2010

Infinitamente abstracto

La gente pasa. Se queda atrás y no existe más. En un parpadeo, muchas caras. Al siguiente, nada… desaparecen.

En el museo, un constante martilleo. Imágenes alrededor y en el suelo. Figuras extravagantes en hierro, que me dicen tanto, y a la vez, nada. ¿No entiendo o no quiero entender?

Me alejo para apreciarlas mejor. Armonía en los colores… casi perfección. He entrado para salir.

Me atrapo en mi cuerpo, en un punto, mientras la gente recorre la sala, apresurada, acalorada, extasiada de la fiesta. No desean formar parte del lugar, ahí… ¿llevan prisa? Están aburridas.
No existió la tierra de arena. Me desplacé por las geografías de luz. ¿Qué son las geografías de luz? ¿Son esas abstracciones que se proyectan frente a mi mirada, o es la gente que anda enfrente, por detrás y a un lado de mí? ¿Esa gente que no ha sabido qué hacer, y aprovecha (o malgasta) su tiempo recorriendo el museo? ¿Tiempo? ¿Museo? ¿Tiempo en el museo?

El tiempo se congela. El ruido calienta. Pero yo ya me fui, ya no estoy aquí, en la sala. El silencio me envuelve, me atrapa en caricias, rogándome porque me quede aquí… pero no puedo. Alguien me espera. ¿Quién me espera? Nadie. ¿Entonces a dónde quiero ir? ¿Quiero ir? ¿Ir? ¿Irme o venir? No, ya estoy lejos. Tendría que regresar para irme. ¿Regresar? ¿Què demonios significa eso? Pienso… irme. ¿Irme a dónde? ¿Hay un “dónde”?
Sólo no quedarme petrificada para que la geografía de luz no me devore. Geografía, luz… me hace pensar en más allá. ¿Hay un “más allá”? (masallà, se pierde el primer acento) ¿Qué es un masallà?... ¿Infinito?
Pensar en infinito me provoca náuseas.

Subo las escaleras. La gente no escucha y se marcha, apenas echando un ojo, distante porque no quiere entender. La gente ve con los ojos; en realidad, no ve nada.
Mis ojos se clavan en algún punto, mucho tiempo (¿en verdad es mucho tiempo?), mientras que miles de pares de ojos pasan por encima de los míos.
La gente va y viene… ¿va y viene? Va, ir… ¿irse? Venir, viene… ¿viene? ¿Son coincidencias? ¿Por qué están aquí?
¿Están aquí?
¿Las imagino? Imaginación, imaginación... imagino en el infinito… ¡maldición!, otra vez el nauseabundo infinito.
Me cruzo con sus gestos distraídos, y luego… ya no están.
Salgo, y entro a la cotidianidad.

Los bailarines de la plaza principal bajo el ardiente sol.
Los aparadores vivientes en el crucero peligroso.
Las ceremonias religiosas se escuchan hasta las banquetas.
La fruta huele a fresca; la niña escupe las semillas.

La gente pasa. Se queda atrás y no existe más. En un parpadeo, muchas caras. Al siguiente, nada. Son fugaces; son instantáneas.
Son sucesos extraordinarios, insólitos, inesperados.

Estoy de vuelta… de vuelta al mundo. Por eso me doy cuenta.
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