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sábado, 2 de octubre de 2010

La habitación

Después de un día ajetreado, lleno de calor y más pendientes en la cabeza, llegó a su habitación, dispuesta a descansar.
Se quedó contemplando su cuarto desde el marco de la puerta: había papeles apilados en un rincón, cerca de la mesa de trabajo, en donde no hay espacio para poner la lap-top. La taza de café sucia, la infinidad de documentos por archivar, los post-its para no olvidar nada, los cd’s rayados…
No pudo soportar ver aquel desorden infernal, y volteó hacia donde está su cama matrimonial, y a lado de ésta un pequeño buró con un reloj apagado y sólo una fotografía. Una imagen que no se cansa de contemplar todas las noches desde el día en que se fue. Se sienta al borde del colchón, pensando y reviviendo: se ve feliz con ese antiguo amor que nunca podrá olvidar. El único objeto que le importa en aquel campo de guerra que llama “habitación”. Cierra los ojos y de repente, se da cuenta de que debe continuar, de que no puede quedarse postrada ante aquella imagen que la aferra a su pasado por el resto de su vida.
Continuó mirando hasta toparse con el librero de madera tan repleto de libros y revistas polvorientas. Y enfrente, su sofá favorito que yace bajo una enorme pila de ropa del día anterior, y el día anterior…
Y el día anterior.
Este recinto es su espejo. No cabe duda. Las paredes blancas ya no son blancas: se han tornado grises por el descuido. Se queda viéndolas. “Debería pintarlas de rojo”. Le fascina ese color. Pero para ello necesita tiempo. Tiempo. Tiempo invisible al lado de su cama destendida, tan amplia y sola, donde cada noche se rinde a los brazos de Morfeo, con la ventana abierta y un poco de incienso para aplacar a los mosquitos.
Observa un televisor que nunca se enciende. Ahí está, esperando que el mundo exterior penetre a ese cuarto, sumergirse hasta el armario, con sus puertas abiertas y llenas de tierra.
Cuanta suciedad. Qué descuido. Hay cosas tiradas en el suelo. ¡Qué desastre!... igual que su vida.
¿Qué hacer primero? ¿Recoger la ropa? ¿Tender la cama? ¿Limpiar? ¿Levantar los objetos del suelo que obstruyen sus pasos?
No lo sabe. ¿Qué hará?... sigue en el marco de la puerta blanca de metal. Es de noche. Avanza hacia el interior del cuarto, hasta caer despacio, lento, suave, y revolverse con las sábanas blancas, y quedarse dormida, y no abrir los ojos hasta el día siguiente, cuando el sol haya entrado por la ventana e iluminado su cara, y entonces empezará a contar los minutos a lado del reloj donde no transcurren las horas, esperando fervientemente el regreso de su amor, para devolverle la paz que se ha perdido en esa habitación desordenada.

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