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sábado, 21 de agosto de 2010

Me hiciste falta, amor

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Al principio de ti, de nosotros, amor, sentí, que dependería de ti. Pensar en ello me daba miedo. No me equivoqué.
Me hiciste falta, dulzura. Tu hechizo me conduce a un sueño profundo y hermoso. Pero anoche, su ausencia me torturó.
El ardor en mis ojos de esta mañana pone en evidencia mis pocas horas de haber dormido.
Anoche, me robaste el sueño. Puedes llevarme a él, pero ahora descubro que también puedes quitármelo.
La falta de tus besos, de tus abrazos, de tus silencios y expresiones clandestinas asaltaron mi mente.
Di muchas vueltas en la cama. Enmarañé mi pelo, torcí la sábana, revolví mi calma…
Me levanté y prendí la radio, pero sólo escuchaba canciones de amor con unos ojos que caían y elevaban. Fotografías sin luz y fotografías de ti, de tu mirada penetrante, tu ceja arqueada, tu boca ansiosa, tu deseo prohibido, tu voz susurrante a mitad de la noche… todo, todo tú, cada parte de ti, me quitó el sueño.
¡Cuánta falta me hiciste, mi cielo!, y no supe reemplazarte.
Simplemente, no pude.
Ahora estoy segura, corazón: dependo de ti. Eres mi droga. Eres la sustancia que necesito para llenarme de paz infinita. A tu lado, lo demás no importa. Todo alrededor se desvanece, se pierde en la inmensidad de la noche, se sumerge en las profundidades de tu abrazo, de tu beso, de tu cuerpo… de tu amor.
¿Y sabes una cosa? No siento miedo. No es miedo. No sabría decirte qué es exactamente, encanto, sólo sé que se trata de algo reconfortante (ignorando el ardor de mis ojos): de saberte en mi vida, y saberme en la tuya.

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