La caja de música

Esta mañana el sol entra por su ventana; se proyecta sobre todo objeto que refleja su luz, iluminando su fina cara.

Ayer no hubo clases. Le habló a su amigo Carlos para saber a qué hora saldría de sus clases. Seis de la tarde. Se verían a esa hora en el jardín del estudiante. De ahí irían a un café, no sin antes que Carlos se reportara con su profesor de música, disculpándose por no poder asistir a su clase ni esa tarde ni a la siguiente… su alergia apenas le permitía sonreír… le cuesta trabajo. Le duele comer y levantar las comisuras para demostrar alegría y gozo. Le han salido ronchas por todo el cuerpo. Le retiraron la penicilina, la causante de su mal.

Se dirigieron al café. Ella no podía quedarse mucho tiempo. Debía llegar temprano a casa. Bebió muy rápido su café. Ya se lo había terminado cuando Carlos apenas lo había probado. Mientras lo esperaba, contempló el lugar… era la primera vez que iba a ese café: había “arte” por doquier; las paredes estaban tapizadas de cuadros de todo tipo, tan diferentes entre sí. De donde se encontrada sentada, frente a ella, vio al fondo, dos habitaciones llenas de antigüedades. Carlos se terminó el café. Fueron a esas habitaciones a ver lo que estaba a la venta. Entre las curiosidades, ella encontró una cajita metálica, como esas que venden en las tiendas y están llenas de chocolates. Pero, a diferencia del resto, èsta era musical. No tenia precio. Tuvo que preguntárselo al señor a quien le había pedido dos vieneses. Le dio el precio. Dudò un poco, no tanto por el precio en sí, sino porque no sabía lo que guardaría en aquella cajita musical.

-Me la llevo- dijo Carlos en lo que ella se decidía. Y se sorprendió. Carlos ya había pagado los cafés; ahora le acababa de regalar esa caja.

La vida es tan sorprendente. Una simple decisión, que pareciera insignificante, puede dar el giro más radical.

Recién que llegaron al café, ella preguntó si tenían pastel. Respuesta negativa. Estuvo a punto de levantarse e invitar a Carlos a tomar café y comer pastel a otro lado. Pero no. dejó de importarle el pastel. Ahora, lo único que le importaba era que estaba con su mejor amigo, platicando bajo ese gran árbol en medio del patio. En ese café, las ramitas y las hojas caen sobre las mesas.

Vio la hora. Justo a tiempo. Llegaría temprano a casa, tal como lo había planeado. Carlos la acompañó a la parada de autobús. No se despidieron de abrazo ni de beso, pues temía contagiarla de su enfermedad. Ella se subió al camión, pero éste no avanzó inmediatamente. Ambos amigos siguieron platicando con señas, a través del vidrio de la ventana.

“Dale cuerda”, le decía. En sus ojos había algo más. Carlos callaba algo. Quería decírselo, pero no podía… no se atrevía a hablar. Sólo insistìa en que ella le diera cuerda a la caja.

Llegó a casa, y escuchó una melodía hermosa… una canción de amor.
Entonces, ella lo supo.

En esta mañana hace calor. Ya abrió las ventanas, y el sol se abre paso entre ellas, bañando en oro sus delicadas manos que sostienen con cariño una cajita de música.

Comentarios

  1. Me encantó. Felicidades.

    Ta.

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  2. hola srx te la rifaste, me gusto como describes la situacion, jaja k va con el carlos. no te apures pase lo que pase te si te va a decir (hablar claro)

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  3. Concuerdo con Mario, está muy chido.

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  4. Yo no puedo más que estar deacuerdo con los tres anteriores, y no por la fuerza de la corriente, si no por voluntad propia. Esos momentos tan pequeños y sencillos son los más bonitos no?
    MMM, hace tiempo que me hace falta uno de esos momentos especiales.
    Pero muy bien, buena redacción.

    Bueno dejando de lado los sentimentalismos, oye no te había podido comentar no sé porqué, no me dejaba comentar esta cosa, jaja, sabe cuanto escribía para nada. Pero en fin, aquí siempre leo tus entradas eee tenlo por seguro.
    saludos seguimos en contacto

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