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jueves, 4 de marzo de 2010

Regla de etiqueta a la hora de la comida

A las 12 del día ya estaba frente a las puertas del Aula Isóptica de la Unidad de Estudios Avanzados, donde se llevaría a cabo la premiación del concurso: “Cartas de amor y amistad”.
No gané. Tampoco mi ex profe de sax. Ni siquiera obtuvimos una mención honorifica. Quedamos de intercambiarnos las cartas, para ver qué tal escribimos, pero me di cuenta de que perdí su correo.
Al cabo de una hora, me dirigía al Buffet don Antonio. No tenía tanta hambre, pero fue con la intención de no comer a las carreras.
Frente a mí una señora de edad avanzada se sentó. No había más mesas disponibles, y donde yo estaba, aun quedaban tres sillas disponibles. Saludó amablemente y me dijo: “buen provecho”.
Casi enseguida, me apoyé un poco en la mesa para comer más a gusto. De repente, como si se tratara de mi propia madre, esta señora, casi pegando el grito en el cielo, cual si hubiese visto un ratoncito escabullirse entre las mesas, exclamó: “¡No pongas los codos sobre la mesa! Es de mala educación.” No tuve más remedio que bajarlos. Pensé: “¿Qué onda con esta doña, imponiendo sus protocolos y etiquetas, como si estuviera en su casa?”
Después, la dueña del lugar (una señora un poco más joven que "la doña de edad avanzada") se sentó a lado de ésta, y comenzaron a hablar de doctores y medicinas. La plática era aburrida. Pensé en ponerme mis audífonos, pero supuse que eso sería de muy mala educación (no quise que "la doña" me dijera algo al respecto). Esa plática de señoras… comencé a fastidiarme y dejar de disfrutar mi postre, y para rematar, el chico con apariencia intelectual que se encontraba en la mesa de al lado, no dejaba de rascar duramente su cuchara contra el miserable plato de plástico, color rosa. Ese maldito ruido…
Unos minutos después, la dueña tuvo que levantarse para atender a una clienta que llevaba a su chihuahueño en brazos, y pidió urgentemente una medicina. La dueña afirmó manejar esa mercancía, pero que en ese momento no tenían: -se nos terminó. La clienta del chihuahueño se fue, despidiéndose con un: -bueno... gracias-.
La dueña volvió a la mesa de "la doña". Yo aun no terminaba mi postre, cuando oí que la dueña del local exclamó: -No permitiré que se entre aquí con animales… ¡no, no, no!, es asqueroso. ¿Qué creen, que pueden traer aquí a sus animales y llenar todo de pelos?-. Apenas solté una risita ante su comentario. Ambas señoras voltearon a verme.
La dueña, me miró como extrañada o sorprendida; la doña de las reglas de etiqueta, me dirigió una mirada asesina.
Rápidamente terminé mi postre, me coloqué mis audífonos y salí del buffet, olvidándome del ruido incesante de la cuchara contra el plato rosa del intelectual; de la plática de las señoras; del chihuahueño de la clienta…

y de la regla de etiqueta.

3 comentarios:

  1. Yo le habría dicho que me era molesto que estuvieran hablando de eso mientras comía... y así. jaja

    ta.

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  2. Bien. Hay detalles, pero bien.

    Creo que esa comida tenía somníferos...

    Reverencia

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  3. Hola Mireya: Jaja. Que cosas te pasan!.

    Te recomiendo que te des un clavado en éste blog http://elesfuerzodeltiburonmartillo.blogspot.com pues además de historias y poemas, también hay fotografías de un artista bastante suigeneris.

    Andrés

    Saludos

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