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martes, 1 de septiembre de 2009

Golpe de agua (cronica de un dia acuoso. 20 Ago 09)

Como para ir a nadar un rato a la alberca universitaria, el cielo nublado no está nada mal. Eso sucedió el jueves por la mañana. Hasta pudieron hacer a un lado el techito que nos resguarda de los intensos rayos UV.
A medida que transcurrían las horas, el cielo fue despejándose y el ambiente se iluminó y el bochorno no se hizo esperar. El asfalto se calentó, y sin mis lentes apenas podía vislumbrar por dónde caminaba: casi todo era blanco.
El tiempo siguió transcurriendo y el cielo se nubló. Para las 18:00 hrs las hojas de los árboles y las persianas de los salones se agitaban violentamente. Y el agua del cielo comenzó a caer. Grandes charcos se formaron por todo el campus. Mis pies mojados no se hicieron esperar: los primeros en sufrir el repentino cambio climático. Junto con otros dos compañeros de mi clase llegamos hasta el auditorio Dr. Pedro de Alba. Llevaba una blusa blanca, así que al llegar al lugar de refugio, lucia como las famosas “camisetas mojadas” durante unas vacaciones de verano en la playa. De pies a cabeza, mojada. “¡Mira nomas como vienes!” exclamó mi novio al ofrecerme una sudadera con la cual me secaría.
Mis pies me importaron tanto, que me dirigí al sanitario, a usar la famosa maquina de aire caliente para secarse las manos. Mis calcetines y mis tenis los sequé a la perfección.
Ignoro si continuó lloviendo ya que me metí al auditorio a ver “La dulce vida”.
Saliendo casi a las nueve de la noche, apenas se apreciaban unas ligeras ondas en los charcos de los jardines y caminos de la universidad: ligeras gotas de agua caían incesantemente.
Mi novio fue a dejarme a mi casa. Tuvimos que despedirnos pronto antes de que se soltara “el chubasco”.
Las luces de los arbotantes se proyectaban en los espejos de las calles. Las ruedas levantaban cortinas de agua. La ciudad estaba fría y tranquila.
No fue hasta la media noche que el cielo volvió a tornarse violento: viento y agua inundaban las calles…
A las cuatro de la mañana las gotas estridentes sobre los vidrios de mis ventanas me despertaron. El cielo rugió ferozmente, haciendo vibrar todo el cuarto, y activando la alarma de un coche en la lejanía. No lograba conciliar el sueño. Mi colchón comenzaba a humedecerse: una gotera sobre mi cabeza. Y sobre la ventana, otra gotera, manchando la pared blanca. Tuve que mover la cama.
Tres horas y media más tarde desperté nuevamente. Un pequeño charco yacía inmóvil a un lado de mi cama. Bajé, y el pasillo principal tenía un nivel de agua de unos dos centímetros. Hubo que sacarla con ayuda de una escoba. El sol salía y se escondía tras las nubes. Salí a desayunar con mi chico. Nuestro plan principal se arruinó por la lluvia: el balneario.
A mí me gusta la lluvia y a él no. Hay personas a quienes les deprime o les parece aburrido el día. Yo era una de esas personas, hasta que un día me dije: ¿por qué permito que el clima me ponga así? Después de la película no deje de sonreír.

¿Por qué escribí todo esto? La gotera sobre mi cama me pareció graciosa, y sentí la necesidad de expresarlo… pero con ello, todo el antecedente y lo posterior que también me pareció de risa, ¡qué suerte la mía!
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